Han Sung-ok, de 42 años, parecía decidida a llevarse todas las lechugas de aquel puesto de verduras de un suburbio de Seúl, en Corea del Sur. Examinaba cada una de ellas mientras su hijo de seis años se encaramaba a una valla cercana.

La vendedora la miró molesta. Era una clienta exigente y no solía hacerle grandes compras, más allá de las dos o tres piezas que podía pagar. Aquel día se llevó una lechuga por 500 wones (unos US$0,40).

Tras intercambiar unas pocas palabras, Han le entregó el dinero y se fue con su hijo.